Cuentos, Fabulas y Leyendas Ambô



MADONEV


A veces, en un punto extremo de presión, nuestro espíritu se repliega sobre sí mismo y surgen historias que expresan lo que vivimos. Entonces, una leyenda es el viento; le gusta ir flotando de un lugar a otro. Solo hay que poner el oído.


Autor: José Ignacio Artillo.

LEYENDAS DEL URBANISMO SALVAJE

- Capitulo XIV, titulado Madonev - Publicado en Aljarafe, marzo 2007 -

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Capitulo XIV


Madonev estaba sentada en su azotea. Se ha sentado para ver pasar la estrellas. Le explica a su hija que cuando aparece la Vía Láctea el cielo muestra sus mejores galas. El cielo está inmóvil, como un cuenco de barro, y son las estrellas las que se mueven. Debajo pasan los coches y se ven los edificios, los letreros de neón de los comercios. Madonev se deja abrazar por la noche de verano. Antes aquí había campos de olivo, que llevaban hasta la orilla del mar, y el mar azul, como una escala descendía por la costa de África hasta Annobon de Sao Tomé, la tierra en que nació. El marido de Madonev un pescador de la familia de los yedambo, se ha quedado en Annobon, junto al mar, cuidando la casa, y algunas tardes, se asoma para mirar de donde viene el viento. Todo está unido, pero nada se toca.

Esa noche su hija le dice ay, madre Madonev, quiero tener un televisor en casa, como las otras niñas. No hay forma de que ella mire hoy las estrellas. A la mañana siguiente es Sábado y Madonev , no trabaja. Cuenta en la cocina las monedas de su tarro de miel, se viste con sus mejores galas de colores, se pone un pañuelo en la cabeza, y le dice a su hija, que se levante para ir con ella a por un televisor. Madonev y su hija han de cruzar una autovía de cuatro kilómetros para llegar hasta el centro comercial. Por el camino ríen como si fueran de fiesta. Antes aquí había un río, lo secaron y construyeron carreteras y casas. Dice Madonev, que lo explica todo. Espera junto a un semáforo como si fuera un chopo, y, cuando se pone verde, llegan hasta el centro comercial y compra el televisor. Cómo lo llevaremos, dice su hija, viendo como los coches de la gente rebosan con bolsas de compra. Ay, Madre Madonev, aquí hace falta un coche para hacer cualquier cosa. Madonev coge el televisor y lo pone sobre su cabeza, como un cántaro.

Allí va Madonev, por la autovía con el televisor sobre la cabeza, andando tan bonita que nadie podría creerlo; y su hija detrás. Muchos la miran. Incluso uno se para y abre la ventanilla y grita “ me sacáis de quicio…” Pero Madonev y su hija se miran y ríen. “Quien sale de un sitio, ha de saber volver, pequeña Macús”, dice a su hija. Cuando llegan a la casa, Madonev vuelve a la azotea a mirar las estrellas, y su hija sube y le dice que el televisor no funciona. Madonev y Macús comen huevo de ganso y miel, hasta saciar su hambre. Después, vuelve a coger el televisor en silencio y a cargarlo sobre su cabeza. Salen a la calle, como si fueran a por agua. Oh, Macús, dice a su hija que le mira sorprendida. “El hijo del viento fue primero un animal, y después se hizo hombre, y después ave, y solo desde entonces, él es el único que va a todos sitios volando”.

Cuando llegan al centro comercial, devuelven el televisor. Todo el mundo les mira, y vuelve a cargar el televisor nuevo sobre su cabeza. Mirad, es Madonev que vuelve, dicen las mujeres que la ven regresar. En el camino vio pasar las nubes negras, que se desvanecieron, aunque lejos relampagueba, y la luz violeta se reflejaba en la pantalla del televisor, como si Madonev se hubiera puesto una flor gigante sobre la cabeza. “Algún día lloverá tanto que querrá volver el río, y con el río volverán las ovejas y los pastos y los árboles, y la gente y los coches tendrán que irse. Siempre vamos y venimos, Macús, pero la gente quiere olvidarlo”. Su hija le pregunta como pueden ayudar al río a volver. Madonev le dice que se acerque y que camine junto a ella; y le cuenta que en su tierra, cuando un río se va, hay que buscar el lugar en la tierra en que se perdió, y quitar arbustos y ramas, como quien deshace una trenza, para que sepa que se le espera. Y entonces el río fluye.

Al anochecer, Madonev está sentada en su azotea viendo llegar las estrellas. Y cuando llega la vía láctea, se pone a bailar. Qué es ese ruido, preguntan los vecinos. Es Madonev y su hija que bailan en la azotea. Subieron todos y bailaron juntos hasta el amanecer, como una montaña que se movía. Macús se queda dormida de cansancio. Su madre la cubre y sueña que con un cuchillo de zinc, desciende hasta la autovía, deja pasar los coches, y junto al Centro Comercial, rasca y levanta la tierra, hasta encontrar un agujero. Macús en sueños deshace los nudos de brezos y matorral y llama al río. Ven río, mi madre Madonev te llama. Y un hilillo de agua clara viene y rebosa como savia o como leche.

Y su madre baila en la azotea, hasta caer rendida.


© Ell autor del relato es José Ignacio Artillo.

 



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