Cuentos, Fabulas y Leyendas Ambô



LA LEYENDA DE LOHODANN


"Está leyenda, es, una de las más populares y apreciadas de todas las, LEYENDAS Annobónesas.
Es más, de ella viene un dicho en Fá d’ambô, muy comun. Que dice así:
Na da-m’an solla lodã’fa”, (“No me cuentes chismes o historias de nunca acabar).

Conoce, pues..., la vida y muerte de este heroe annobones. Nieto del rey Hala Manyi,que fue a la vez hijo de la union de un anciano con la princesa Beedji.
Esta acciòn se desarrolla a lo largo y ancho de Ambô, en la que podemos reconocer Pale, Awal y Djiguidadji Saan, la Cueva de Basu Haadji, los riachuelos Da Budu y Da Xim, la Laguna de Abobâ, la playa de Pala Padjil, vidji de Bassu Hadji, Plabaa Haus y Vidji Ngaadji, el campo de fútbol, la casa del maestro Pudul Tatyi, el naranjo de Laansa Kwin
." 


 






Soya Lohodann empieza así:


Primero habla el rey. Dice:

«Hala Manyi fa Beedji na hatoomef, mandji Beedji hatoome». Esa frase significa: Hala Manyi es el nombre del rey, y la princesa se llama Beedji. Traduciéndolo sería: «El rey dice que su hija no se casará con nadie, pero sí puede casarse con alguien».


En el pueblo vivían el rey, la reina y la princesa. Entonces el rey tuvo ya a la hija, que era la princesa y se llamaba Beedji.
Entonces hubo muchos pretendientes que pretendían la mano de la princesa. Iban ante el rey, le exponían su propuesta y el rey no lo consentía. Les decía siempre:

-
Para que alguien se case con mi hija, tiene que tener sus soldados.


Entonces nadie comprendía lo que significaba esa frase.

Cierto día se reúnen los príncipes de otros pueblos cercanos: reyes, marqueses, ducados... Toda gente adinerada y de buen linaje.

Entonces se reúne todo el pueblo, se declara día festivo, todo ambiente festivo en el poblado: que si banda musical, que si música...

- ¿Qué?.

- Que hay un pretendiente que llega.

- A ver, ¿qué quiere?.

- Bueno, vengo ante su Majestad pidiéndole la mano de su hija.

- Pues para que tú te cases con mi hija, tienes que tener tus soldados.

- Y eso, ¿qué quiere decir? Si, por el hecho de que yo sea un príncipe, es porque tengo soldados.

- Aquellos soldados, no.

- Yo quiero verdaderos soldados.


Entonces ocurrió que la hija no vivía en la misma casa, en el palacio, con su padre.

Tenía su casa aparte. Su casa estaba de frente. Entonces la casa de sus padres estaba detrás, en la fachada trasera.

Entonces ocurre que en ese poblado, un poco apartado y abandonado vivía un viejo, un anciano de edad avanzada. Ese señor, para ganarse la vida se dedicaba a la pesca. Y la pesca esa no era una pesca así de que salía en el cayuco: iba a la costa, luego a las piedras, como suelen pescar los niños. Echaba su anzuelo ahí y atrapaba unos pececitos, digamos cosas raras. Entonces, después de pescar volvía a su casa y vendía esos pescados. Con el dinero ese podía comprar lo que necesitaba.


Y ocurre que siempre que iba a la pesca, para la ida y la vuelta siempre pasaba bajo la casa del rey, siempre ahí pasaba.

Ocurre cierto día que baja a la pesca, pasa por ahí, se va, y después de pescar da la vuelta. Llega a la casa, bajo la vivienda del rey. De repente oye una llamada:

- ¡Sí, sí!.

Entonces, el pobre viejo que para, mira a la izquierda, mira a la derecha, mira detrás, mira delante, y no ve a nadie. Quiere dar un paso y vuelve a enterarse:

- ¡Sí, sí!.

- ¿Quién será ése que me está llamando?.

Mira la vista para atrás, no encuentra a nadie.

Por la tercera vez vuelve a enterarse de la llamada. Entonces un instinto le dice que a ver, que mire por arriba. Gira la vista para arriba y encuentra una chica guapa, que era la princesa, haciéndole signos de llamada. El pobre viejo para y piensa:

 

- ¿Cómo es que la hija de un rey llame a un pobre como yo? ¿Qué suerte me ocurre?.

 

Representección teatral(Origén)

Entonces, desde abajo, el anciano le dice:

 

- Oiga, por favor, perdone:

 

yo no soy quién para subir allí arriba, y no sé ni cómo ni por dónde tengo que pasar, por todos esos guardianes que tienes en la puerta .

 

Entonces la hija del rey, como sabemos, siempre suelen tener una sirvienta que está a su orden. Y dice a la sirvienta:


- Oiga, diga a los soldados que dejen a ese señor, a ese viejo, subir.


Los soldados le ceden el paso. El viejo sube por las escaleras. Llega allí arriba.

 

-¿Qué, vendes eso?.

- .

- Bien, quiero comprarlo.

 

 

La hija del rey se hace con los pescados, compra los pescaditos, y en vez de pagarle dice:

 

«¿Mañana irás otra vez?».

Responde:

 

«Sí, es mi trabajo. Diariamente voy, porque con eso gano el pan».

 

«Bueno. Lo de hoy no te lo pago. Te lo pagaré mañana, después que hayas regresado con otros pescados. Entonces, las dos partes te las pagaré a la vez. ¿De acuerdo?».

 

«De acuerdo».

 

El pobre viejo que baja, va a su casa. Le llega la hora de dormir, duerme, y por la mañanita recoge otra vez sus trastos y va otra vez a la pesca.

Llega ahí, después de la pesca, y llega en el lugar ese. La princesa le vuelve otra vez a llamar. Sube, llega ahí, le deja los pescados. Y, en vez de pagarle, otra vez le propone:

 

«No. Vénte otra vez mañana. Así te lo pago todo, y así tendrás un buen dinero. Además, que te haré un buen regalo».

 

 

El pobre viejo, ¿qué dirá?, se conforma. Baja otra vez. Va a su casa. Con lo poco que le resta prepara la comida, come, descansa y empieza a meditar:

 

«Pero, esta hija, ¿qué busca conmigo? Un pobre degraciado como yo, que no tengo quién ni de dónde me puedo sacar la comida, y con esto gano el pan, ahora ella se hace con todo y no me quiere pagar. ¿Qué querrá de mí?».


Bueno. A la mañana siguiente va otra vez a su trabajo cotidiano. Al regreso, la princesa vuelve a llamarle. Llega allí arriba. Y entonces ocurre que, por cada vez que la princesa ve que está aproximándose la hora en que llegue el viejo, siempre mandaba llenar garrafas de aguardiente para que los soldados beban y sigan bebiendo hasta saciarse. Entonces se emborrachan. Ahí aprovecha a dejar al viejo subir y bajar sin que les molesten. Entonces, para el tercer día repite la misma operación de cada día. El viejo llega arriba, después de que los soldados se hayan emborrachado. Sube. Al llegar allí la princesa coge los pescados y manda a la sirvienta que lleve al viejo al cuarto de aseo, que le asee.

Le llevan allí, le asean, le cambian de ropa. Entra. Le invita a comer, le prepara la mesa. El viejo come. Y en verdad no era otra cosa que la hija del rey estaba enamorada del viejo, del anciano aquel que era casi de la edad de su abuelo o más. Después de comer, no hay otra cosa: «Hay que tomar siesta». Entonces el viejo le dice:

«Bueno. Yo no soy quién para compartir la misma habitación contigo. Entonces yo la haré en otro sitio, aquí en el comedor». Pero le dice que no, que «en la habitación conmigo».

Entran. Como ustedes sabrán qué es lo que pudieron hacer ahí... El viejo que sale. A la hora de salir, la princesa manda llenar otra vez las garrafas de aguardiente. Baja. El viejo baja.

Todo esto pasaba. Transcurrieron días, semanas... se iba el tiempo. Ocurre cierto día que la princesa empieza a quejarse de un mal en el vientre:

 

«Estoy padeciendo, mamá».

«¿De qué?».

«Que tengo dolores de vientre y dolores estomacales».

 

Se le llama al doctor, le receta todo, le receta unos medicamentos. Vuelve a su vivienda, hace los tratamientos, y así. Entonces, cierto día la princesa no come a gusto los guisos que le preparan. Se dedica a comer tonterías (papayas, mangos, cosas raras). Entonces su madre la llama:

 

«Oye, hija, ¿qué te pasa? A ver, ¿qué tienes?».

 

«No, es que yo no tengo apetito y tal, que no tengo apetito. Por eso prefiero comer esas cositas».

 

Entonces vuelve a su casa. Llega la hora de la cita con el viejo. Libra las garrafas de aguardiente. El viejo que va. Hacen de todo. El viejo baja otra vez.

Entonces, como ya era cosa de meses y la niña no se mejoraba, entonces la llama otra vez su madre:

 

«A ver, díme la verdad. ¿Qué es lo que te pasa?».

 

 

Entonces la hija le dice:

 

«Mamá, no hay otra cosa que estoy encinta».

 

«¿Estás encinta?».

 

«Sí».

 

«Y, ¿por qué no dices nada, y tienes que estar haciendo sufrir a la gente así? Si estás encinta no hay otra cosa, hay que esperar hasta que te llegue el día y que des a luz».

 

 

La hija:

 

«Bueno».

 

 

Entonces, a la noche, la reina va donde el rey y le cuenta todo lo que le contó la niña: que estaba encinta. El rey, como ya tenía su cosa ya preparada y decía que su hija no se casaba con nadie, replica:

 

«¿Que mi hija embarazada?».

«Sí».

«¿Quién es el autor de eso?».

«Eso sí que no lo sé. Pregúntaselo a tu hija».

Ha de llamar a su hija. Le pregunta y la hija no le dice nada. Le dice:

 

«Tanto tú como el que te embarazó, mañana mismo tendré que saber eso. Y, como lo sepa, entre tú y él, y tu amante, todos os vais a la horca: porque habéis faltado contra mi ley».

 

 

La hija, en vista de tal situación, llega a la hora de la cita, llega el viejo y le dice:

 

«Esto y esto es lo que ha pasado. Mi padre dice que entre tú y yo nos vamos a la horca porque ahora mismo estoy en tal estado».

 

 

Como el anciano era ya demasiado viejo, empezó a temblar, empezó a llorar. La princesa le dice:

 

«No llores. La única solución es que tendremos que escaparnos de aquí».

 

Le pregunta el viejo:

 

«¿Y cómo hemos de escaparnos de aquí?».

Dice:

 

«Tranquilo. Todo está en mis manos».
Y prosigue:

 

«Haremos una cosa: cuando tengamos que bajar, bajaremos juntos tú y yo al anochecer. Entonces usted pisará justamente donde yo deje mi huella. Es decir, que saldremos con una misma huella. Donde yo pise, ahí es justamente donde tienes que pisar. ¿De acuerdo?».

 

«De acuerdo».

La princesa manda abrir el almacén donde tenían todo el aguardiente. Los soldados se meten ahí. Beben hasta más no poder y cada cual abandona su servicio y empiezan a roncar. Aprovechan ese momento para salir. Al salir, en vez de ir a por otro poblado se meten camino de las fincas. Y van a llegar en un sitio cuyo nombre es Basu Haadji. Llegan ahí. Y ahí, en Basu Haadji, es una roca muy grande. Entonces hay una cueva ahí. Se meten en la cueva y ahí hacen y preparan la morada.


Empiezan a vivir ahí. ¡Con lo poco que se llevaron! Y, justamente cuando se iban, pasaron por la casa del viejo. Entonces el viejo entró en su casa, cogió su rosario y su bastón. Se fueron ahí. Cuando se les agotó el alimento ahí en la cueva, un día de buena mañana se despierta el viejo y se despide de su mujer. Le dice: «Mujer, vengo. Yo voy a buscar limosna». «Oiga, ¿dónde vas? ¿A quién conoces por esta zona?». «Tranquila. Por la gracia de Dios, hallaré». Se despide. Toma su bastón y el rosario, y se mete por un sendero.

Después de un largo caminar, fatigado, cansado, con sed, desde lejos divisa un pueblo. Al acercarse encuentra un pueblecito donde había tres casitas. Y ese pueblecito se llama Djiguidadji Saan. Entonces en esas tres casas vivían tres mujeres: en la primera casa, esa mamá se llamaba Maguida me Daty; la segunda, Maguenna; y en la tercera casa vivía Mambo Mahaal. Entonces llegó a la primera casa. Se arrodilló en la puerta. Y encontró en esas casas que tenían las puertas semiabiertas. No vio a nadie, pero sí que había rasgos de que vivía gente ahí. Se arrodilló en la puerta de la primera casa. Se arrodilló. Empezó a rezar, a rezar en voz alta.


Cuando esas mujeres se hubieron enterado de los rezos, salieron todas ellas a encontrarle, porque ellas también eran cristianas. Empezaron a rezar juntos. Después del rezo empezó a pedir limosna: «¡Oh!, os pido limosna: un poco de aceite, un poco de banana, lo que sea». Las mujeres se levantaron las tres a la vez y cada cual se fue dentro de su casa. La otra trae un poco de aceite, un poco de banana, un poco de malanga, un poco de pescado, zapatos, calcetines... Todo lo que cada cual podía traer. Le reunieron una carga que el pobre viejo tampoco supo ni cómo cargársela. Así que se llevó lo que pudo.

Llega otra vez a la casa, después de largo recorrido: «¡Oh, marido!, ¿has llegado?». «Sí, he llegado». «¡Oh!, ¿y de dónde habrás sacado tanta comida y tanta ropa?». «¿Es que no te dije que hallaría un sitio?». Le explicó toda su caminata, que al llegar a salir de la casa andó, encontró a unas mujeres... Entonces le explicó todo eso. Prepararon toda la comida. Y ocurrió que el anciano siempre que iba a pedir limosna lo hacía cada viernes y cada semana. El primer viernes fue a la casa de Maguida me Daty; el segundo viernes fue a la casa de Maguenna, que era la segunda casa; el tercer viernes fue a la casa de Mambo Mahaal.

Al llegar a casa, después de la tercera vez de limosna, llega a casa. Ya se les iba terminando el sustento. De repente cae una lluvia torrencial, una lluvia que era insoportable, digamos un chaparrón. Empiezan a formarse corrientes que aquí las llamamos "corrientes de agua salvaje". Todo el terreno empezó a inundarse, hasta que se les inundó la cueva. Al ver tal situación prefirieron abandonar la casa, la cueva. Entonces la mujer le pregunta: «¿Y hacia dónde nos dirigimos?». Dice: «No hemos matado a nadie. Volvamos a nuestro pueblo, a nuestro poblado». La mujer quería desistir; pero, en vista de tal situación, prefirió hacer lo que dijo su marido. Andaron y fueron a llegar al riachuelo de Luba da Budu. Al llegar allí encontraron que el río estaba tan lleno que no había forma de cruzar. Entonces, a la otra orilla del riachuelo había un arbolito que era una guayaba; de la guayaba se echaba una rama en el riachuelo, y la rama casi caía al otro lado, a la orilla donde estaba el matrimonio parado.

Entonces el viejo calculó que dando de dos a tres pasos podía alcanzar esa rama; y con esa rama lograría alcanzar la otra orilla del riachuelo y, así, buscarse cualquier manera para que saltase también su esposa. El viejo echó el primer paso, el segundo paso, y al tercer paso se hizo con la rama. Entonces, como el riachuelo bajaba con tanta fuerza, con el peso del viejo, porque la rama no podía soportar tanto peso, se arrancó la rama. El viejo y la rama, el río les arrastró hasta donde desembocaba.


La mujer empieza a llorar, a quejarse, a dar sollozos: «¡Oh, mi marido! ¡Cómo me quedo! En el estado en que estoy, ¿qué puedo hacer ahora?». Entonces es cuando la mujer empieza a quejarse. Después, una vez que bajó su marido con la rama hacia donde se terminaba el curso del riachuelo, de repente el riachuelo se secó, ya no quedó ni gota de agua. La mujer quedó pensativa: si cruzar el surco ese y seguir el camino, o bien seguir el curso del riachuelo para, así, saber dónde fue a parar su marido. Entonces no hizo ninguna de las dos ideas. Prefirió volver adonde tenían la morada, es decir a la cueva. Al llegar ahí encuentra que la cueva estaba ya seca. Todo estaba donde siempre acostumbraba a dejarlo: la palangana, la ropa, las bolsas, todo estaba en su sitio. Entonces se quedó ahí pensativa ella solita: «¡Oh, Dios!, ¿qué puedo hacer?». Cada mañana rezaba, rezaba, rezaba...


Sabemos que el hombre, el marido, se fue. Murió. En el riachuelo ese acabó la historia del anciano ese. Y sabemos que la princesa quedó embarazada y ya le asomaba el tiempo, se le acercaba ya el tiempo. Le llega el día del parto. Empieza a quejarse. Estaba sola. Preparó lo que pudo. Llega la hora. Da a luz. Pero no da a luz normal como todas las mujeres: el niño, después de bajar, en vez de empezar a llorar como suelen hacer, como es sabido, empieza a dar vueltas dentro de la placenta. La madre se quedó, porque era algo que nunca se había visto, la madre se quedó un poco desanimada, hasta que después de un rato el hijo dejó de dar vueltas. Entonces empezó a llorar ya, normal, como los hijos hacen después de que hayan salido a la luz.

La madre le recoge, le arregla bien, le envuelve en los trapos y le deja en la cama. El niño empieza a crecer. Crece. Y el hijo crece tan rápido que digamos un niño fuerte. Empieza a crecer. Después de un tiempo empieza a gatear. Después de gatear empieza a andar. Ya llevaba sus cinco o seis años. Pues el niño empieza a dar vueltas: sale afuera de la cueva, va, viene; durante el día sale, va al bosque, trae mangos, trae piñas, vuelve a casa. La madre se queda extrañada: «¿Qué hijo será ése? ¿Será un divino, o un ser humano? ¿Cómo un niño, a temprana edad, va solito al bosque y trae comida?». Otro día va, viene, trae caña, frutas silvestres... Con eso ayudaba a su mamá. Después de llegar a unos diez o once años, por ahí, empieza a ir al bosque. Viene y va a la pesca. Trae pescaditos, su madre los prepara...

Entonces ocurre cierto día que el niño va al bosque. Después de ir al bosque vuelve con los frutos silvestres. Llega a casa. Se los presenta a su madre. Su madre se los limpia bien, prepara la comida, come. Otro día sale, va y no trae nada. Entra en casa. Alza la vista por las paredes de la cueva y encuentra el rosario y el bastón. Le dice a su mamá con una voz sonriente: «Mira, mamá, éste es el rosario y el bastón con los cuales mi padre siempre iba a pedir limosna, ¿no?». La madre se queda extrañada y le riñe: «¡Ah!, ¿qué clase de persona eres? ¿Cómo se te ocurre decir cosas semejantes?». El niño se queda un poco desanimado y calla la boca.

Y entonces ocurre que, después que su madre le parió, las vueltas que daba dentro de la placenta le eran, digamos, como una especie de cinta que se grababa: es decir, que desde las vueltas que daba estudió o se aprendió todas las cosas de la vida, todo lo venidero, lo futuro, y todo lo que pasó. Entonces se las aprendió, motivo por el cual, al ver el rosario y el bastón preguntó a su madre: «Con esas cosas mi padre siempre iba a pedir limosna, ¿no?». Y su madre al reñirle, se calló, no le dijo nada.

Pasaban los días. Al otro día, el niño que sale por la mañanita. Va otra vez al bosque, trae bananas silvestres, malangas, plátanos, mangos y otros frutos por ahí. Los deja a la mamá. La madre se los prepara. Al día siguiente va a la pesca: trae los pescados. Su madre los prepara. Llega la noche. Duerme. Se despierta por la mañanita. Sale fuera antes que su madre. Se va y se sienta en una esquina. Queda ahí pensativo. Y entra otra vez en casa. Decide coger el rosario y el bastón. Le dice a su madre: «Mamá, yo vengo. Yo voy a pedir limosna». Su madre le riñe: «Hijo, ¿dónde vas? ¿A quién conoces, dónde conoces? ¿Cómo se te ocurre hacer una cosa semejante?». «Sí. Yo voy donde iba mi padre». Su madre dice: «Bueno. Lo que te parezca».


El niño coge las cosas, toma su camino y se va. Después de un largo caminar llega al poblado ese de Djiguidadji Saan. Llega ahí. Llega a la primera casa. Como sabemos que el hijo ya aprendió todo lo de esta vida, se arrodilla y empieza a rezar. Salen esas mujeres: «¡Oh!, hace mucho que llegaba aquí un hombre, también a por limosna, y hoy llega este jovencito. ¿De dónde vienes? ¿De dónde eres?». El niño no les dice nada, sólo se pone a rezar. Las viejas también se arrodillan junto con él y rezan. Después de rezar empieza a pedir limosna: «¡Oh!, dadnos un poco que comer, algo que vestir, lo que sea». Las mujeres salen, entran en sus casas, le traen víveres. El hijo sale con las cosas, les pide y las mujeres le dicen: «Oiga, hay que venir aquí con frecuencia. Mañana vénte aquí, porque estamos aquí solas y nos hace falta compañía. Así, cuando vengas podrás encontrar otras nuevas cosas».

El hijo les despide. Se va. Llega donde su mamá: «Mamá, mira lo que he traído». Su madre, asombrada, le mira. Como no puede rehusar las cosas, porque ella estaba necesitada, se hace con las cosas y se las guarda en casa. El hijo entra y deja el bastón y el rosario en el lugar acostumbrado. Pasando días. El hijo ya no lo hacía como su padre, que su padre iba cada viernes; el hijo iba cuando veía que se agotaba ya la comida en casa, es cuando se iba. El segundo día fue donde la anciana Maguenna. El tercer día va donde Mambo Mahaal, y así sucesivamente.

Después de rondar por las tres mujeres, ya decide no irse ahí más. Se levanta otro día de buena mañana. Dice a su madre: «Arriba, mamá. Yo me voy a vuestro pueblo». Su madre le riñe otra vez: «Hijo, ¿qué te ocurre? ¿Qué te pasa? ¿Eres un niño bueno o eres un niño malo? ¿Qué te ocurre, cómo se te ocurre ir adonde yo nunca te he llevado?». Su madre ni siquiera había terminado la palabra, el hijo toma el rosario y el bastón y camina al pueblo. Va. Llega al riachuelo de Luba da Budu y dice: «¡Ah!, aquí murió mi padre, en este riachuelo». Y él, en vez de cruzar el río, sigue el curso del río hasta llegar donde desembocaba el río ese, en forma de una laguna. Y esa laguna se llamaba Aboba. Llega ahí. Cruza. Y la laguna esa, Aboba, desembocaba en el mar.

Llega al mar, a la playa. El niño empieza a andar por la playa. Le ven unas mujeres ahí: «¡Oh!, ¡qué niño más hermoso! ¿De dónde viene? Oye, niño, ¿de dónde eres?». Él no les contesta ni se interesa. Sigue su camino derechito. Anda un largo caminar y llega a un sitio. Entonces encuentra a otros niños jugando en la arena, haciendo barquitos de arena. Y él para, desde lejos les observa. Los niños, como es costumbre en Annobón, siempre juegan en el borde del mar: preparan sus barcos de arena y, de ahí, se dice de uno que es capitán, el otro... o sea que se reparten los cargos según como sabemos que están en los barcos también. Entonces, a la hora de repartirse los cargos el niño ese viene saltando. El niño ese es el que se llama Lohodann. Viene corriendo. Entra entre medio de ellos y les dice: «Yo soy el capitán. Yo seré el capitán de este barco».

Los demás niños se quedan un poco extrañados. Y al ver que él era nuevo le conceden que él sea capitán. Y de ahí, él no era el mayor: entre los menores estaba él, había otros mayores. Entonces, como era nuevo para ellos le dejan que él sea capitán. Después de jugar en la arena con la barca, terminan. Entonces, mientras que se está haciendo el juego ese de las barcas de arena, suelen ir preparando bombas de arena para, con ellas, después de terminar, destruir el barquito de arena. A la hora de querer destruir con las bombas de arena, les dice que no: «Dejad las bolas aparte. Lo destruiremos a mano». Destruyen la barca. Entonces les reúne, les dice: «Cada uno de ustedes, que tome una bola de arena». Los niños obedecen su mandato. Entonces designa a uno: «Oye, tú, coge aquella bola de arena y lánzamela a cualquier parte del cuerpo. No tengas miedo».

El otro, furioso: «¿Que cómo? Este tío, que se da cuenta de que tenemos nuestra barca y él dice que es el capitán, y ahora mismo le voy a descargar con toda la fuerza». Le lanza la bola de arena, le pega en la cara, ¡paf!: el tío ni siquiera llora ni hace ningún mínimo movimiento de uno que se haya dañado. Le dice: «Bueno. Tú, prepárate. Ahora yo vengo contra ti». Coge la bola de arena. Se la lanza. Él, para lanzar las bolas de arena no lo hace con gran esfuerzo; pero, al que tocaba, los demás se ponían a llorar. Algunos resistían y otros lloraban. Entonces, la primera barca la hicieron en la casa de la palabra que se llama Bassu Hadji. Entonces, ahí él les repartió: los que resistieron los golpes de las bolas de arena, a una parte; y los que lloraron, a otra parte. Ahí, después de hacer eso, de seleccionarles, les dice: «Iros, cada cual a su casa».


Y él, digamos, como era sabio, sabía la hora en que comía el rey, que era su abuelo. Sale, toma el camino, va donde el palacio, entra. Encuentra justamente que estaban llevando el mejor plato para el rey. Se hace con la bandeja. Entonces el sirviente dice: «Pero, ¿qué niño es éste? ¡Qué niño más atrevido!». Y el rey le dice: «O kis twe?». El niño le contesta: «Nanker fa fur djime». Sale con la bandeja. Entonces el rey manda a un soldado que lo persiga. El soldado que va corriendo, pero el muchacho anda tranquilamente. El soldado viene corriendo y no le alcanza. Llegan hasta el campo de fútbol de la isla de Annobón. Llegan ahí. Él para, deja la bandeja abajo. Se hace con el soldado, le pega una tunda de paliza y le deja allá abandonado. Coge la comida y se dirige hacia la cueva donde está su madre. Le dice: «Mamá, mira la comida de tus padres». La madre le rechaza la comida: «Si tú quieres comerte la comida, cómetela. Yo no te he mandado a buscar comida, porque no me hace falta esa comida». El hijo, ya sabemos, como todos los niños que es, se hace con la bandeja, se lo come todo, y mbolo.

Al día siguiente vuelve a despedirse de su madre. Y entonces, cuando se despidió de los niños, ahí en la arena, les dijo: «Mañana, yo vendré. No preparéis la barca aquí. Preparadla en la segunda casa de la palabra, que se llama Plaba Haus. Ahí prepararéis la barca de arena». Se despide de su mamá. Llega otra vez al riachuelo donde murió su padre. Toma el curso del río, llega a la laguna Aboba, llega a la playa, y otra vez: «¡Oh!, ¡ahí viene nuestro amigo!, ¡ahí viene nuestro amigo!». Llega. Entonces, durante el recorrido de la playa, algunas mujeres que iban a echar (como es acostumbrado en Annobón, siempre las mujeres echan la basura en la playa), dicen: «Ese niño, ¿de quién es ese niño, ese niño tan hermoso, que aparece unos días y otros días no? ¿De dónde viene? Oye, niño, ¿de dónde eres?». Porque el annobonés, como de costumbre, es muy curioso, quiere saber de todo. «¿De dónde vienes? ¿Quién es tu padre?». Y el niño no les contesta, sigue sus pasos.

Llega donde están los demás niños, donde se hacía la segunda barca de arena. Repite la misma operación de siempre. Después de todo, a seleccionar niños otra vez. Entonces, los niños que fueron el primer día llevaron la noticia a los demás niños; y entonces, por cada día había más niños. Así los iba seleccionando. Y nunca les decía nada. Sólo, después de seleccionarlos, les decía: «Iros a vuestras casas».

Sale otra vez, camina al palacio, llega ahí a la hora de la comida. La mejor bandeja que se lleva para el rey, se hace con la bandeja. El rey le pregunta otra vez: «O kis twe?». El niño le contesta: «Nanker fa fur djime». Entonces eso significa: El rey le pregunta: «¿Quién eres? ¿Quién eres, niño?». Y él le contesta: «Esta casa es nuestra». El rey, lejos de pensar dónde estaba su hija y tal. «Esta casa es nuestra, es para todos nosotros». El niño sale. Segundo día. El rey manda a dos soldados que le persigan. Los soldados van corriendo, sudando, pero el niño con la bandeja a paso de tortuga. Pero no le alcanzan, los soldados no le alcanzan. Llega otra vez al campo de fútbol. Deja la bandeja. Se hace otra vez con los soldados. Les pega una tunda de paliza y les deja allí desmayados. Coge la bandeja, se va a la cueva y le dice a su mamá: «Mamá, mira la comida de tu padre. Vengo de donde mis abuelos». La madre le vuelve a reñir otra vez: «Yo no te he mandado a ningún sitio. Si es que estás ansioso de comer, cómetelo; porque yo no te he mandado». El niño, otra vez se pone a reír, coge la comida, se sienta en el suelo, se la zampa toda. Anochece.


Por la mañanita se despierta otra vez. Se despide de su mamá. Y entonces ocurre que, el niño, todas sus profecías siempre las hacía tres veces: para pedir limosna, lo hizo tres veces; ahora, por las barcas, va ya por la tercera vez. Entonces ya no la tenían en la segunda casa de la palabra: lo hacen en la tercera casa de la palabra, que es Vidji Ngaadji. Ahí hacen la barca de arena. Llegan ahí. Llega ahí, encuentra a los chicos preparados, esperándole. Después de divertirse con la barca, destruyen la barca. Después de destruir la barca, a seleccionar otra vez a los muchachos. Después de seleccionar a los muchachos, no les dice nada.

Coge las cosas. Va otra vez a la casa, digamos la casa de su abuelo, en la corte. Entra. Encuentra otra vez que es justamente la hora de la comida. El mejor manjar para el rey. Se hace con el manjar, con la bandeja del manjar. El rey le vuelve a preguntar lo de siempre: «O kis twe?». Y él contesta: «Nanker fa fur djime». «¿Quién eres tú?». «Ésta es nuestra casa». Así siempre le contestó el niño, pero con un acento soberbio, es decir como uno que dice: «Tú, ¿por qué me tienes que preguntar eso? Si es que mi madre es tu hija, es decir que yo soy tu nieto, que yo tengo derecho de comer, de hacer y deshacer. ¿Por qué me lo tienes que preguntar?».


Entonces ocurre que el niño seleccionó a doce chicos de los que resistieron los golpes de las bolas de arena. Entre los doce, sólo, el que me lo contó pudo acordarse de algunos nombres, no pudo acordarse de todos. Entonces se hizo con doce muchachos, y más él sumaban trece: el primero se llamaba Orde; el segundo, Olvelu; el otro, Dungdumel; el que le seguía, Konkudjia; el siguiente, Pep; el otro, Antonyi; el siguiente, Ximan; el último, Batyita. Entonces, al tercer día, después de regresar de la playa con sus amigos se despidió de ellos. Entonces se fue a la casa de su abuelo. Llegó justamente a la hora acostumbrada
de la comida. Se hace con la bandeja de la comida digamos más rica, y baja. Entonces otra vez le replica su abuelo: «O kis twe?». Y le contesta: «Nanker fa fur djime». Ya con el acento, un acento digamos exagerado y tal. Baja. Esta vez, el rey dice que le sigan pero que no lleguen a agredirle. Los soldados le siguen hasta llegar al campo de fútbol, donde siempre pegaba a los militares. No dejó la bandeja. Siguió su camino. Ellos le siguieron.

Le siguieron hasta llegar donde estaba su madre. Al llegar ahí, esa gente llega, le detienen a su madre, le mandan recoger todo lo que tenía y la llevan ante el rey. Al llevarla ante el rey, el rey les hace sentar y les recibe. Entonces les pregunta: «Oye, tú, muchacho, díme cuál es tu intención. Por qué y para qué, cada vez tienes que entrar en el palacio y hacerte con el mejor plato de manjar que encuentras, sabiendo que yo soy el rey. Además, ¿quién es esa mujer? Mujer, tú, ¿quién eres?». Entonces Lohodann toma la palabra y le dice: «Ésta es mi madre. Y es tu hija. Yo soy tu nieto. Ésta es la hija que tuviste aquí, que dijiste que nadie podía casarse con ella. Ella, al quedarse encinta, se fue con el hombre ese y al dar a luz a mí me obtuvieron; motivo por el cual yo siempre venía aquí». Entonces el rey, al recuperar otra vez a su hija, convida a todo el pueblo y celebra la llegada de la princesa. Fiesta más que fiesta. Después concluyó todo.

Ocurrió que había un viejo allí que cada vez iba al bosque a preparar el jugo pálmico que llamamos tope. Siempre iba a prepararlo. Y, como es acostumbrado en Annobón, ahí no se prepara como lo hace la gente de aquí, que tumba la palmera abajo y lo preparan, sino que el hombre que lo prepara ha de subir arriba y lo prepara desde arriba; así tarda más tiempo y resiste más. Y siempre que subía iba con un cántaro. El cántaro ese tenía la boca un poco pequeña. Y, como es sabido, siempre que una botella está colocada así, si sopla un poco de viento suele emitir un sonido digamos como la bocina de un barco. Entonces el hombre, al estar en lo alto de la palmera oye el sonido: Uuuuuuu! Pero lo oye tan suave que parecía que sonaba desde lejos. Entonces él, lejos de pensar, creyó que era el efecto ese, del cántaro que tenía o de la botella que tenía en la cintura atada.

Después de todo baja de la palmera, se va a su casa tranquilamente, despacha a sus clientes todo lo que trajo, y ya se le pasó. Al día siguiente fue otra vez. Subió otra vez a la palmera. Llega en pleno trabajo y vuelve a escuchar el mismo sonido: Uuuuuuu! Pero esta vez le suena un poco más cerca y más fuerte. Va al pueblo y pregunta a la gente: «Oye, es que tal cosa está pasando: van ya dos días que estoy sospechando un sonido un poco raro». Y la gente del pueblo dice: «Sí. Nosotros también lo hemos percibido desde aquí, pero parece que suena desde lejos». Otro día vuelve a ir. Eso le suena ya casi digamos a dos pasos. Ese señor, ni siquiera pudo haber terminado su tarea. Bajó corriendo al pueblo y les volvió a decir que: «Hoy sí que esto es, al fin es cierto».

Entonces, de ahí la noticia le corre a Lohodann. Ése reúne a los doce muchachos que seleccionó en la playa, los reúne y les dice: «Señores, está llegando ya el momento». Y todos le preguntan: «¿Cuál es el momento ese que está llegando? ¿Qué es lo que llega? Que llegue eso, si es lo que sea, que se vea de una vez. Si es una batalla, que se pelee de una vez. A ver, ¿cuándo llegará eso?». Les dice: «Estad preparados. Cuando llegue ya os diré el momento; y tendréis que luchar». Después de dos o tres días el sonido ya está alejándose. Entonces oyen como ruidos y tal. El hombre que siempre iba a preparar su tope va, vuelve a irse otra vez al bosque. Desde lo alto pudo divisar a todo un ejército enorme, que venía cabalgando con sus caballos, bien armados. Baja, va al pueblo, les deja la noticia. Entonces el pueblo está ya en alerta.

Lohodann, que sale desde el palacio, va y justamente llega donde ahora tenemos la casa del maestro, Pudul Tatyi. Llega ahí. Al llegar ahí divisa a esa gente. Baja corriendo y reúne a sus soldados, los doce muchachos esos. A todos les arma con sables y van al encuentro de esa gente. Esa gente estaban armados con fusiles, ametralladoras, todo, caballos, todo preparado, todo un ejército. Llega ahí. Les hace frente. Para y les pregunta: «A ver, ¿a qué venís? ¿Por qué estáis aquí?». El comandante en jefe del ejército le dice: «No hay otra cosa que hemos venido a la guerra contra ustedes. Hemos venido a la guerra. Hemos venido a la guerra, o sea que yo estoy dispuesto, con mi gente, a hacer lo que queráis». «¿Estáis dispuestos?». «Sí. No queda otra cosa que decir».

Al primer intento, Lohodann vence al comandante. Vence otra vez al lugarteniente. El resto de la compañía, en vista de lo ocurrido, no hay otra cosa que guerra, guerra. Lohodann, digamos que trabaja con una fuerza sobrenatural. A pesar de tanta armadura que trajeron esa gente, les empieza a vencer. Él les vence, pero no retroceden: sigue la batalla adelante. Sigue la batalla adelante, pegándose con esa gente, matándoles, venciéndoles, venciéndoles, hasta llegar casi hasta Awal. Al llegar ahí, ya está el primer día. En el segundo día llegan al poblado de Awal. Al llegar ahí empieza la batalla. Entonces aparecen dos mujeres de entre la multitud. Llegan y se arrodillan ante él, diciendo: «Creemos en Cristo, somos cristianas». Ése ya no las toca, las deja pasar y siguen su camino adelante. Sigue su batalla adelante.


Bien. De esas dos mujeres, una se llamaba Fiip y la otra Fililipie. Llega, llega. Y después de un largo andaje, ya no se encuentra. El ejército va reduciéndose ya. Después de unos cien metros se encuentra con dos... les liquida; después de unos cincuenta metros encuentra a un grupo de cinco... Así, el personal va reduciéndose. Ya casi al tercer día, agotado ya de tanta hambre y fatiga, Lohodann suspira fuerte: «¡Oh, Dios mío!: ¡hambre!». Una vez dicho eso, su estómago se llenó, se le acabó la sed. Y tanto le ocurrió a él como a su ejército. Entonces recuperaron otra vez nuevas fuerzas.

Llegan al naranjo de Laansa Kwin. Al llegar ahí, otra vez vuelven a registrar un incremento del personal: casi la misma masa con la cual empezó desde el primer día. Otra vez la batalla se pone dura. Durante esa batalla, ninguno de los doce muchachos de Lohodann, ninguno es vencido; ni él mismo. Todos logran vencer al ejército. Al llegar ahí, después de liquidar a todo ese personal, entonces de avanzar unos cinco quilómetros, ya no volverían a encontrarse con alguien. Entonces, al subir una cuesta, desde arriba divisa un pueblecito. Y en el medio del pueblo ese ve algo tumbado en el suelo, digamos del tamaño de una ballena. Entonces desde ahí dice: «¡Ah!, ¡ahí está!». Los soldados le preguntan: «¿Tienes miedo?». Él les contesta: «No tengo miedo». Avanza tranquilamente.

Cruza el riachuelo de Da Xim. Al cruce del riachuelo llega al poblado y se ve con el... Entonces ocurre que aquel personaje que él divisaba desde lejos, que era del tamaño de una ballena, no era una ballena, era justamente una persona, un ser humano que tenía los pies tan grandes que, para estar en el suelo ventilándose, en cada pie llevaba una almohada grande. En los dos brazos también. En la cabeza llevaba la almohada más grande. Lohodann llega frente a ese señor y empieza a dar vueltas. Empieza a rodear a ese señor, dando vueltas. En la tercera vuelta, Lohodann replica: «¡Oh, Menedji Tublon!». Da otra vez tres vueltas. Vuelve a repetir la frase: «¡Oh, Menedji Tublon! ¡Lavanta tud bos spera dam, fidja du put!». Ese señor, ni le hace caso. Entonces, eso le aumenta más la cólera. Le vuelve a replicar otra vez: «¡Lavanta tud bos spera dam, fidja du put!».


La tercera vez es cuando se entera. Y se entera como quien oye pasar una avispa o algo, que no le da interés, porque desprecia la talla de la persona de Lohodann. El personaje ese se llama Menedji Tublon. Ahora él le contesta a Lohodann, le dice: «Batoha konkornodjia pa kutyiba bastiya», que significa: «Véte a pegarte con esa cabra de ahí. Para mí, no eres persona para que me mueva. Tu talla me es demasiado pequeña». Lohodann vuelve a replicar: «¡Lavanta tud bos spera dam, fidja du put!». Ese señor, al ver tal cosa, se levanta. Extiende el brazo. Sus soldados le ponen una espada en la mano. Le entregan un caballo y monta sobre el caballo. Manda traer otro caballo a Lohodann. Y tienen la guerra, una lucha libre entre los dos. Después de una larga batalla, después de unas ciertas maniobras, Menedji Tublon, de un golpe, corta la espada de Lohodann. Lohodann se queda con media espada en la mano, así que no logra tirarle. Batalla, batalla, batalla, batalla... Se ve agotado. Lohodannn se ve agotado. Suspira fuerte y reclama a Dios Nuestro Señor: «¡Oh, Dios!». De nuevo vuelve a recuperarse. Después de recuperarse, de un salto corta al gigante la cabeza. El gigante cae. Sus soldados se alarman. Van contra Lohodann. Otra nueva guerra ahí. Logra vencer a toda esa gente.

Después de lograrlo le llega la noche. Están fatigados, cansados. Buscan una chabola. Se meten ahí para descansar un poco. Entonces ocurrió algo: que el gigante ese era hijo directo de la mujer del mismísimo diablo del infierno. Entonces le llegó la noticia esa. Al llegarle la noticia, y antes, ya supo que su hijo estaba muerto. Entonces, la madre, con el remordimiento de perder a su hijo unigénito, decide vengarse de Lohodann, entre él y toda su pandilla. Como es sabido, ésa, la madre del demonio, conoce todos los sitios. No haría falta que nadie le indique dónde se encuentra esa gente. Entonces decide matarles a todos. Sale a medianoche, a las doce, tranquila. Se dirige directamente hacia la casa en donde estaba Lohodann, porque son los únicos supervivientes que quedaron en ese pueblo.

Entra. Abre la puerta tranquilamente. Y, justamente, entre los doce, uno de los doce muchachos seleccionados por Lohodann, Batyita, es el que se encontraba junto a la puerta. Esa mujer, después de andar un paso dentro de la casa, saca de su costado un hierro bien enrojecido -ya sabemos que es el demonio, o la madre del demonio, que siempre andará con fuego-. Toda esa casa brillaba sólo con sus ojos, porque dentro de sus ojos parecía que era todo un tubo fluorescente. Saca la vara de hierro, se la clava a Batyita en la cabeza. Ése se asa ahí y muere él. La mujer sale, o la demonia sale, y vuelve otra vez al infierno, en donde está.

A la mañana se levantan todos. Entonces Batyita se queda en el suelo. Los demás compañeros le llaman: «¡Batyita, Batyita! ¡Levántate! ¿Qué pasa?». Batyita no se movía. «¡Batyita, Batyita!». Al tocarlo encuentran que murió desde hace mucho. Miran su aspecto: parece que está asado. Al mirarlo empiezan a buscar, a ver qué es lo que le habrá ocurrido para haberle causado la muerte. Encuentran que en medio de su cabeza le encuentran como un boquete grande, donde la mujer le clavó el hierro ese, el hierro enrojecido, porque digamos que es su arma. A la mañana cogen a Batyita y lo llevan a enterrar.

A la noche siguiente, la mujer vuelve a salir otra vez a la mismísima hora, a las doce. Entonces, en el segundo día, estaban ya alarmados. A la hora de dormir nadie quería irse ya cerca de la puerta. Lohodann les ordena preparar la cama. Ellos preparan la cama, pero nadie quiere estar en la puerta; todos van a la esquina. Entonces les grita. Como es el jefe, le dan caso. Van y se duermen

Entonces, a Ximan le ocurrió la suerte de dormir junto a la puerta, donde justamente durmió Batyita el primer día. Llegó la hora. La madre del demonio llega, abre la puerta suavemente. Otra vez del costado saca otra varilla enrojecida. La clava a Ximan y éste muere. Ya van dos que se han muerto, Batyita y Ximan. A la mañana siguiente se despiertan otra vez tempranito: «¡Ximan, Ximan, Ximan! ¡Levántate! ¿Qué pasa? ¿Por qué eres dormilón así?». Ximan ni siquiera se mueve. Vuelven a mirarlo y le encuentran con la mismísima muerte que le ocurrió a Batyita: fue la mismísima también que le ocurrió a Ximan. Entre lloros y sollozos le vuelven a coger, le llevan a enterrar otra vez. Entonces se quedan ya alarmados, atemorizados. Para la tercera noche, Lohodann dice que no: «Esto no puede ser. Hoy, yo tengo que saber quién está haciendo todo esto».

Vuelven a dormir. A la hora de dormir, todos se van a dormir. Pero sí, sus amigos duermen profundamente, pero él no duerme. Está digamos medio despierto, en vigilancia de todo lo que ocurría. Llegó las doce, y luego se empieza a sentir una calentura en la casa: «¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?». Él, al ojear las paredes de la casa, vio cómo los ojos de la mujer centelleaban, que parecían focos de un coche. Y las pisadas de la mujer se dirigían directamente a la puerta de la casa donde estaban ellos. Sale Lohodann de la cama y se va detrás de la puerta. Se coloca con el trozo de su espada. Ahí se coloca firme. Llega esa mujer. Abre la puerta tranquilamente. Entra. Al poner el primer pie en la puerta, Lohodann se asusta: «¡Uuuuh! ¿Qué es esto?», porque la mujer tenía los pies tan grandes que no parecían los de una persona, y en realidad no era una persona. Lohodann que prepara su espada, mira. La mujer mete la mano otra vez en el costado, saca la varilla de hierro esa. Al querer clavarla a uno de los que estaban ahí, Lohodann, de un salto, le corta la varilla, porque su espada digamos que era una espada mágica. Corta la varilla esa y la mujer se asusta, la madre del demonio se asusta y sale afuera corriendo.

Lohodann la persigue. Despierta a todos sus compañeros: «¡Vamos, seguidme!». Empiezan a luchar contra la mujer. Entre los que quedaron empezaron a luchar contra la mujer. La mujer iba retrocediendo, retrocediendo, retrocediendo, hasta llegar a la puerta del infierno. Y ahí se bajaba por una escalera. Empezó a bajar. Lohodann no se quedó, la siguió. Sus compañeros les siguieron. Bajando, luchando, bajando, luchando, bajando, hasta llegar justamente dentro y en el centro del infierno. La mujer ya llegó a su casa. Sabéis muy bien que a nadie se le puede ocurrir que le peguen dentro de su casa. La madre del demonio se defendió todo lo que pudo; pero, aun con todo, siempre digamos que la fuerza sobrenatural con la cual Lohodann siempre tenía logró vencer a la mujer.

Después de vencerla, en vez de retroceder otra vez y volver por la escalera por la cual bajó, siguió un túnel que por ahí adentro había. Al seguir el túnel ese, fue a salir justamente en la playa que llamamos Pala Padjil. Al llegar ahí llega al pueblo. La gente lo mira. Entonces ya lo desconocen: «Pero, ¿quién es ese chico? ¿Quién es ése? ¿Quién es ése que va con esa gente? ¿Quién es éste?». Nadie le llega a reconocer.


Entonces ocurre que la mayoría del pueblo estaba en la misa, porque llegó un domingo. Llega a la misa. Y, en la iglesia, entra. Saca su espada otra vez y empieza a matar a toda la gente que ve dentro de la iglesia. Matando. Entonces, de la gente que iba matando, unos venían y decían: «Yo creo en Dios, soy cristiano». A esa gente les dejaba. Otra vez de nuevo volvieron a aparecer las dos mujeres estas: «Creemos en Dios, somos cristianas». Eran Fiip y Fililipie. Las deja pasar. Matando, matando, hasta llegar al altar mayor. Al llegar al altar mayor deja su espada en el suelo, se arrodilla y suspira fuerte: «¡Oh, Dios mío!».

Al arrodillarse, pide de beber a su madre. Su madre le trae un jarro de agua. Empieza a tomarla.

Mientras que la tomaba, iba tumbándose para atrás. Tumbándose, tumbándose, tumbándose, hasta cuando se le terminó toda el agua que había dentro del jarro. Justamente cuando tocó su cabeza abajo, volvió a suspirar y se murió.
Y ahí terminó, digamos, su leyenda.