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UNA LANZA POR EL BOABI


"« Formidable hazaña de un anabonés en titánica y desigual lucha contra una manada de tiburones ». ."


Autor: Daniel Jones Mathama.

- Capítulo XII (Fragmento) -

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Precisamente frente a la casa del curador Gue vio la formidable hazaña de un anabonés en titánica y desigual lucha contra una manada de tiburones.


ocurrió que un conocido anabonés estaba nadando cuando vio un tiburón. Aterrado, empezó a nadar con toda la rapidez que pudo imprimir a sus brazos y piernas, pues sabía que el peligro no era inmediato, porque estos peces, debido a tener su bocaza en la parte inferior de la cabeza, han de atacar forzosamente de costado, y al tener su presa tan cerca se ven imposibilitados de hincar sus afilados dientes, debiendo retroceder para poder hacerlo/Primero, para tomar la debida inclinación, y luego, con el empuje de la velocidad, morder con más furia.

El momento oportuno para que un nadador pueda escapar es aquel en que el tiburón retrocede para situarse en posición de ataque y velocidad; entonces es cuando hay que aprovecharse para huir, contando, desde luego, en la proximidad de la playa.
Pero cuando aquellas aletas características están a corta distancia, como ocurrió en el caso del amigo del anabonés, entonces las probabilidades de escapar se reducen al uno por ciento. Efectivamente, aun tratándose de un rápido nadador, no pudo ni en sueños competir con la rapidez del monstruo.

A veces se da el caso de que el tiburón persigue con tanto ímpetu a la presa, que si está muy cerca y logra poner pie en tierra firme, es tal la fuerza de la velocidad que lleva el escualo en pos de su víctima que, al no alcanzarlo, se embarranca.

Pero en el presente caso, aquel monstruo no sólo alcanzó a su presa, sino que le desgarró el vientre.

Ante el estupor y el hondo pesar de los que presenciaban la escena, el infeliz no tuvo tiempo ni de abrir la boca para gritar. Sólo se le vio sacar las manos en alto y hundirse rápidamente. En el mismo lugar se extendió una gran mancha roja.

Pronto acudieron otros tiburones atraídos por el olor de la sangre, y entonces empezó el banquete, al que los escualos dieron fin con una rapidez impresionante.

El cuerpo de aquel hombre, que parecía que se había hundido, flotó como por arte de magia rodeado por una infinidad de aquellos monstruos marinos. Con la velocidad del rayo, todos se precipitaron sobre el cuerpo y durante cosa de tres minutos, o quizá menos, sólo se oía el característico y espeluznante ruido al desgarrar la carne. Tanta era la velocidad con que los tiburones devoraban aquel cuerpo, que a veces al no encontrar ya carne en el lugar que hincaban sus dientes parecían beber el agua teñida de rojo.

En aquel dramático instante hizo su aparición el amigo anabonés que decía, y al saber que se trataba de un amigo suyo, aullando como un poseso, entró en una de las casitas de pescador y, antes de que nadie pudiera imaginar lo que se proponía, salió armado de un cuchillo, y, siempre aullando como animal herido, se lanzó al agua con el arma entre los dientes. Todos los presentes contuvieron la respiración, a la expectativa del drama que se avecinaba. Los anaboneses tienen fama de ser los mejores marinos y nadadores de aquellas costas.

Nadie dudaba de las grandes dotes de aquel nadador anabonés y su destreza en manejar el cuchillo matando tiburones, pero esta vez no se trataba de uno ni de dos, sino que eran varios.

Al llegar el anabonés donde los escualos habían terminado ya su macabro banquete, se zambulló, desapareciendo de la vista de los espectadores. Escasos segundos después vieron teñirse el agua de un rojo intenso. El temor cundió entre los presentes, creyendo que había sucedido lo peor, pero pronto respiraron con desahogo al ver flotar a dos tiburones con el vientre desgarrado por el mordiente cuchillo del anabonés, que asomó la cabeza sólo unos segundos, nadando en círculo. Se sumergió de nuevo y esta vez tres tiburones aparecieron despanzurrados boca arriba. Los que así caían fuera de combate eran rápidamente devorados por los otros escualos.

La playa estaba en estos momentos atestada de gente que gritaba al valiente y solitario luchador para que regresara. Pero aquel hombre parecía haberse vuelto loco. Era un tiburón más entre aquella oleada de carnívoros, con la diferencia de que era más astuto y peligroso y conocía a fondo todas las tretas de sus enemigos.

Una de las veces en que sacó la cabeza para respirar, dos de los monstruos se lanzaron como centellas en pos de él. Entonces los presentes creyeron que el fin del anabonés había llegado, pero él, sin inmutarse, se sumergió, y el brazo armado con el cuchillo cayó, por dos veces, dejando tras sí otros tantos tiburones con el vientre ensangrentado. Aquel temerario anabonés trazaba un vertiginoso remolino en su derredor, y en cuanto atraía a uno o dos de los feroces y sanguinarios peces hacia él, se zambullía con rapidez, y entonces el brazo vengador caía tantas veces como tiburones había en torno suyo.

Dos cosas actuaban en favor del temerario anabonés: su extraordinaria rapidez nadando en círculo para de esta forma tener una completa visualidad de sus mortales enemigos, y luego el festín que se daban los escualos devorando los cuerpos que el anabonés parecía no cansarse en proporcionarles.

El sanguinario festín duró alrededor de media hora, y cuando aquel hombre o demonio se retiró de la lucha, su actitud sorprendió a todos, pues creían que combatiría hasta morir por la locura que se había adueñado de él. Pero pronto se supo el motivo de su retirada: tan pronto pisó tierra, chorreando sangre de sus enemigos, pidió otro cuchillo, porque el suyo lo había perdido en la lucha.

Asombrados y estupefactos ante tanta temeridad, los hombres cercanos a él le sujetaron, llevándole a su casa.

La mar en aquellos momentos se embraveció y la cresta de las olas apareció teñida de rojo....

La ley de la selva se había llevado a cabo con matemática precisión. El amigo fue cumplidamente vengado.

Todos los trabajadores del puerto de San Carlos comieron carne de tiburón aquella noche.


 

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