Cuentos, Fabulas y Leyendas Ambô



Leyenda de Da KU PIL


"El maximo exponente de los ritos y costumbres tradicionales y la tradición la encuentramos dentro del «Dadji».Con esta historia o Leyenda, conoceremos, de donde le viene el nomrbre a el «Dadji» con mayor tradición cultural de todo Ambô. ."


Autor: Fernando Panadés García

- El dadji y la trascendencia del sentido de grupo.

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No, nos es tan difícil asociar el nombre de esteDadji con lo que pasó un día en los mares de Awala.

 

 

Vista Annobonesa (Awala)

 

 



Cuenta la Tradicción qué:


Un día, en Awala, un grupo de pescadores jóvenes salió a la mar.

La peligrosa marea de este enclave no tardó en reaccionar ante un brusco cambio de la fase lunar. Ese día, la mañanita se despertó sin nubes grises en el cielo. Hacía un buen tiempo; la mar estaba en calma y las gaviotas batían el aire matinal con las emplumadas alas negras exhibiendo vuelos acrobáticos y siguiendo un banco de sardinas que sufría un ataque desenfrenado por parte de unos golosos bonitos. En el fondo del lejano horizonte, no llamaban la atención las nubes caprichosas, como si fuera a llover o pensar en lo que podía pasar al mediodía. La frescura matinal animó con voces de plata a los jóvenes pescadores cubriendo con una manta los andrajos del niño que iba a mirar la trampa de ayer. Los pescadores salieron a la mar.

Era ya la hora y los pescadores terminaron la jornada batiendo el agua con el rabo del remo, acercándose a la costa. Una sorpresa. El cayuco no podía arribar por la mar brava de la costa. No había forma para cruzar los tres islotes que protegen la accidentada playa de Awala.
Grandes y gigantescas olas rompían con titánica voz cuando golpeaban caprichosamente contra las rocas. Las olas removían los guijarros que
adornaban el fondo dejando impaciente al diminuto y costero jua jual pececillo presumido de la costa. No dejaban tampoco a los valientes awaleños acercar la embarcación a la orilla.

Esto duraba mucho y entonces la valentía venció al miedo y el primer cayuco tomó la desesperada decisión de acercarse a la orilla. Una ola gigante arremetió al cayuco contra una roca y ¡wo ma me mi yoo! («¡Oh, madre mía!»), la barca se dividió en dos mitades y otros trozos secundarios y el pescado se perdió en el fondo. El hábil pescador hizo un último esfuerzo y, minutos después, hablaba con los suyos en la playa, dejando escapar de su maltratada cara una sonrisa cansada.

Pil sa ja bambo

 

Los otros cayucos seguían navegando sobre las movedizas olas y la tarde seguía acentuando aquel cielo celoso. Unas garzas volaban no muy alto, rozando apenas las patas contra las aguas.


El segundo cayuco se enderezaba y empezaba a acercarse con valentía. Llegando cerca de dos de los islotes, una ola titánica cubrió satánicamente la embarcación empujándola contra las rocas y ¡plof!, quedó hecha trozos de ceiba.
El pescado fue a parar igualmente al fondo, llorando su destino: ser matado y no comido. El ocupante pasó cerca de cinco minutos bajo las olas, cosa que asustó a los que estaban en tierra, pero poco después el maltratado pescador se encontraba sobre las piedras que adornaban esta playa con un trapo que le cubría únicamente la parte íntima de las vergüenzas.

Los pescadores que seguían en el mar sufrían y los cayucos seguían rompiéndose en pedazos. Pero algo chistoso vino a acentuar la pequeña escena.

Un joven llamado Santos, tímido y moño, decidió arribar como sus amigos. No quería perder el pescado y prefirió amarrar la cesta al pequeño manguito del cayuco unos diminutos agujeros a ambos lados de la proa y la cerró bien. ¡Olem, olem!, le gritaban desde la costa los demás. Por intuición pudo conocer la frecuencia de las olas grandes. Remó fuerte y gastó energía para llegar cerca de los islotes. Cuando miró atrás, se encontró ante una ola montaña que venía con furia para engullir la embarcación. «¡Sálvese quien pueda!», pensó. Santos dejó el cayuco libre y se echó al agua con la cesta de pescado. El cayuco vacío se precipitó contra las rocas y nadó hasta la orilla con todo su pescado.


Aunque las olas no disimularon el pudor de Santos, dejando al descubierto los gemelos de entrepiernas a la irada prudente de los cangrejos de la costa. Su valiente decisión dio nombre al Dadji de Santos con la leyenda Da ku pil («Echarse con la cesta»).